EL ABUELO
Diríase que no eran del todo venturosos los finales utilizados
para coronar sus historias fantásticas. Mientras las contaba erguía
la cabeza dificultosamente, contemplaba el cielo y arreglaba el nudo
de su corbata algo sucia y deshilachada. Era muy distraído; a veces
dejaba de lado la narración y se sumergía en unas pausas
inexplicables e irritantes. Se quedaba ausente y pensaba. Los
nietos, por su parte, no tenían otros abuelos para elegir: no les
quedaba otro recurso que ése. Los chicos arrimados a él, sentados a
veces sobre sus rodillas o, en las circunstancias que los
sorprendieran sus infantiles actitudes, cogidos de la curiosidad, lo
contemplaban inquisitivamente y a cada pausa que intencional y
maliciosamente hacía el abuelito, abríanse sus boquitas como por
encanto y exclamaban: ¿Y?... “Entonces el Príncipe llegó hasta su
alcoba y sacando un sable muy largo dio muerte al traidor...”
Y una nueva pausa.
El meticuloso anciano volvía su mirada al cielo, después bajaba los
ojos hacia su corbata fea y mal colocada y, a un ritmo uniforme de
su cuerpo, le daba unos tironcitos de una elegancia admirable, tosía
levemente y quedaba otra vez meditativo, arrebatado por un
pensamiento extraño, afectado por una imagen cualquiera. Sus ojos se
volvían claros y viajaba, remontaba las montañas verdes, los
espacios abiertos donde cabalgaba su juventud.
- ¿Y? ¿Y? ¿Y?...- los chicos estiraban con violencia de
su terno oscuro y arrugado. “- ¿Qué pasó entonces abuelito? ...
¿Y?”-. El abuelo, como si no escuchara, se quedaba con su actitud
ausente. Aun así los niños lo tomaban desesperadamente de sus ropas
para que volviera a su mundo. Lo requerían severamente. Esas pausas
largas, a la postre, eran de mal gusto, pensaban los nietecitos con
rigor; no podía martirizarse la paciencia de manera tan sutil,
deseaban los cuentos uno tras otro sin pausas: “El Príncipe
encantado”, “La mujer embrujada”, “La roca virtuosa”, todos...
Llegaba otro día con una camisa muy blanca, lavada especialmente por
su hija, la casada hacía ya varios años. Unas semanas a la buenísima
mujer le venía en mente la figura grave del autor de sus días. Ella
sabía positivamente que su padre no gustaba de favores; abuelito
conocía la situación del marido de ella que daba mucho que hacer y
no deseaba aumentar preocupaciones a esa cabecita encantadora. En el
barrio esta situación era muy comentada; se hablaba mal del yerno.
Pero el abuelo sabía que en el fondo era un buen muchacho, los
rumores le tenían sin cuidado.
¿Y al militar, su primogénito?, ¿quién le podría formular una
objeción? Su vida intachable al servicio de las armas, con devoción
y sacrificio poco comunes, trabajador, austero, sencillo, ¿se podía
pedir más?.
Estaba muy bien rentado. La carrera militar era de gran porvenir en
aquel país. Se daba el lujo de tener un hijo que se sentía orgulloso
de su uniforme, lo pregonaba a todos los vientos y a los amigos.
¿Y el cajero? ; todo lo que se hablaba de él eran patrañas, gente
mala, él sabe lo que tiene y lo que vale. La honradez depende de la
conciencia del hombre impugnado. Así es, nada más que así.
Y abuelito repitió la frase entusiasmado mientras sus nietos
esperaban ansiosos la continuación del relato: La honradez depende
de la conciencia del hombre impugnado.
¿La tendrán los jueces? ¿Quién iría a decidir la suerte de su hijo,
el cajero? ¿Qué hombre puede juzgar libremente a otro hombre?. Su
hijo no había hecho absolutamente nada, él muy bien lo sabía, lo que
pasa es que a la gente le gusta hablar y hablar, a otro más ingenuo
con historias, él no tragaba esos rumores.
El abuelo estaba contento de su
vida. Daba gusto mirar a sus tres hijos reunidos al calor de un
apellido venerable y respetado. Allí, modestamente, en un solo
hogar, alumbrados por la esperanza de días mejores, reposaba una
familia digna y buena, enseñaba el bien y practicaba la virtud. Eso
era todo. Abuelo, hijos y nietos: una sola alma, un solo ser.
Un día cualquiera, no importa
el mes ni la estación ni siquiera el frío que helaba su alma, el
abuelo llegó con mucha tos. Los nietos comenzaron, como era lógico,
a protestar. El relato, sin perjuicio de aquellas pausas molestas e
inoportunas, se interrumpía ahora con una tos seca, perturbadora,
odiada por todos.
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