Al nieto más
grandecito se le puso una idea en su cabecita rubia: “Abuelito no
fuma, no bebe, no tiene causas para estropearnos el cuento, por lo
que debe ser calificado como un abuelo maldito”.
Otra vez, arropado el abuelito
como un niño de corta edad, pretendió justificar una ausencia, un
atraso involuntario, los nietecitos habían quedado esperando dos
horas para que llegara con “El Rey Loco” y abuelito no se dignó
presentarse ante ellos. Parece que se trataba, según los nietos más
entendidos, de una cuestión de “hadas supremas” que habían retenido
al narrador. Aquello resultaba intolerable, francamente. Procedía
una actitud enérgica ante ese abuelo informal y desconsiderado. De
seguir en esa política – los nietos le notificaron oficialmente –
tendrían que ir por otro abuelo menos delicado de salud y más
entretenido. Ellos querían narraciones continuadas y aceptables, les
agobiaban las repeticiones y las pausas. Esa era su última palabra y
los nietos dejaron solo al abuelo con sus pensamientos de anciano,
con sus enfermedades molestas.
El abuelo frunció las cejas. Su
hijo el militar, aparentemente daba que hacer. El Consejo de Guerra
en un informe previo que había evaluado y cuya síntesis se ofrecía
en los periódicos de la mañana, había reunido antecedentes como para
un sumario, -vaya a creer uno todo lo que aparece en la prensa, se
vuelve loco el más santo de ver atrocidades inventadas y calumnias
increíbles- ¡ejem!. El abuelo reflexionó un tanto: Su hija no era
feliz, ¿será cierto que el marido de ella se porta tan mal? Puede
que exista algo de culpa por parte de ella en todo eso, ¿quién sabe?
¿Y el cajero del banco? – El abuelo se puso triste verdaderamente –
reconocía que el asunto del balance era cosa grave. “Un cajero
sorprendido...” así comenzaba el titular de ese pasquín indecente
que todo lo escandalizaba y arropaba de situaciones falsas y
antojadizas, ¡quia!. No tiene importancia, la gente vale lo
que representa para sus padres, el comentario es inoficioso, está de
más, los hombres enjuician a otros cuando no tienen problemas
propios. ¡Vivan sus hijos, viva la familia, él era fuerte para
sobreponerse a la malicia del pueblo, al rumor de la calle, estaba
hecho de acero, estaba seguro de su apellido bien cuidado de todos!.
Su compañera de otros días le auguraba: “Nuestros hijos serán
siempre lo mejor, vas a ver tú, te vas a admirar” y él añadía
graciosamente: serán todos grandes caballeros, diputados, senadores
o jueces, menos en ningún caso. No interesa ¿Senador? No, no
importa. El abuelo tosió. No es necesario – sonrió de su profecía –
no es imprescindible. Un militar, una buena esposa, un cajero, no
está mal, en verdad él no había llegado a tanto para exigir
demasiado, la vida le había deparado instantes felices, con su
fallecida esposa había tenido momentos inolvidables, el Sol era
bonito cuando todas las mañanas llegaba a la estrecha pieza donde
vivía, era hermoso lavarse las manos unas tres o cuatro veces al
día, se sentía dichoso de sus nietos, tan buenos, tan serenos.
¡Alabado sea Dios!. Su vida estaba ya por terminar. Se dio cuenta al
extraer su pañuelo teñido de rojo de los bolsillos, ese dolor que le
impedía respirar, maldita tos. ¿Qué van a decir mis nietos?.
Sus funerales fueron sencillos. Por lo menos se excluyeron los
discursos ofrecidos por una sociedad de beneficencia a la que había
pertenecido por espacio de varios años. Se habló poco de herencia:
una olvidada casucha de primavera situada en la playa, refugio de
pescadores y vagabundos más que habitación para gente decente,
comentaron amargamente sus hijos. En el remate no dieron ni para los
funerales, mejor que la hubieran comido los ratones, exclamaron sus
descendientes irónicamente. Unos sillones: su hija los reclamaba
poderosamente para completar un juego de muebles abandonado a la
servidumbre desdeñosa y de lengua arbitraria. El cajero propuso una
subasta general de lo poco que había entre las pertenencias del
difunto.
El militar no pidió nada: un cuadro antiguo, retrato mal hecho del
extinto no guardaba armonía con los interiores de la casa,
accediendo a su solicitud, fue retirado al desván mezclándose con el
resto de muebles viejos. Aquella actitud del militar mereció algunas
criticas ácidas del resto de los familiares. Pero el tiempo borró
casi todo recuerdo y consideración. La vida se ha hecho para el
presente, para recordar están los calendarios viejos.
.
.
.

