MI CORAZÓN APENAS LA RECUERDA




Y sé, que incluso los recuerdos pueden ser falsos...
 El tren recorría con parsimonia el trayecto que separa Zaragoza de Cariñena. Como todos los años, el día uno de noviembre, había sacado cuatro billetes en el primer tren de la mañana, para poder desayunar en casa de mi tía Vitorina. Más tarde, bajaríamos hasta el cementerio para colocar las flores en las tumbas de mi hermana y de mis abuelos.
 El convoy estaba compuesto de dos unidades autopropulsadas que cubrían los recorridos de cercanías. En el vagón, de asientos corridos, las plazas se distribuían de cuatro en cuatro formando pequeños mundos aparte, compartimientos abiertos que te aislaban del resto de los viajeros a pesar de poder mirarles a la cara. Al ocupar nuestros sitios, en el principio del vagón, mi mujer y mi hijo se situaron enfrente de nosotros, quedando mi hija y yo con una visión perfecta de todos los pasajeros que estaban en ese momento en la unidad.
 Nada más tomar asiento, me enfrasqué en la lectura de “Las vidas de Dublín” con tanta intensidad, que el momento de iniciar el viaje me pasó completamente desapercibido. Mi hija también estaba absorta, leyendo un libro sobre Egipto, mientras mi hijo escuchaba música y mi mujer ojeaba una revista con aparente desinterés.
 En uno de los vaivenes del tren, mi vista se levantó momentáneamente de la lectura y se desplazó hasta el fondo del vagón tropezando con un recuerdo enterrado hacia treinta años.
 -Allí, al final del pasillo está mi madre- le dije a mi mujer, retornando a la lectura sin mostrar interés y sin que ningún atisbo de emoción aflorase en mi rostro. No fue una pose ensayada ni algo que mi mente me forzase a realizar, simplemente me invadió una indiferencia de tal magnitud, que analizándola con posterioridad, no he logrado comprender mi reacción en ese momento.
 -Siempre estás con tus bromas pesadas, no tiene gracia-me contestó mi mujer mientras yo veía por encima del hombro de mi hijo como se acercaba ella hacia nuestro compartimiento.
 Su voz sobresaltó a mi mujer e hizo que mi hija cerrase el libro sin fijar la página.
 -¿Son estos mis nietos?-preguntó con esa sonrisa que guardo en el cajón más profundo de mi niñez.
 Vestía totalmente de negro y el tiempo había sido generoso con su rostro y su cabello, la fotografía desdibujada que retenía en mi recuerdo fue marcando sus líneas, sus sombras, dibujando unos márgenes olvidados en el transcurso de los calendarios.
 Yo hacia esfuerzos para que mi boca no emitiese ningún sonido, pero salió como una expectoración amarga, como una secreción retenida durante años en mi laringe.
 -No, son mis hijos- me escuché diciéndole.
 Mi mujer me miró con esos ojos tristes que ella tiene cuando alguien le da pena.
 La vi alejarse por el pasillo mientras mi vista buscaba “Las vidas de Dublín” y el corazón me latía despacio, muy despacio, intentando detenerse con el tren al final de nuestro trayecto.
 Si paso por alto los años lactantes de mi vida, en los que no tomas realmente conciencia de nada, si contabilizo el escaso tiempo que pasé con ella hasta el día de su abandono, sin mirar atrás, a escondidas, dejándome con la soledad de los doce años. Me doy cuenta que es una desconocida para mí. Un ser que anegó de lluvia las primeras noches de mi adolescencia, que me hizo crecer de un salto robándome los abrazos, antídoto de la tristeza.
 Una imagen que me ha perseguido durante muchos años, era la de la carretera larga, casi sin horizonte, que llegaba a Cariñena partiendo los viñedos desde Zaragoza.