En el verano, cuando comenzaban las vacaciones escolares, mi padre
me subía al tren y me mandaban a casa de mi tía en el pueblo. Yo
recuerdo a mi madre, en la penumbra de su habitación, tumbada en la
cama despidiéndome con cara de enferma, siempre estaba de mala gana,
como si la afligiese un embarazo constante. Mi padre, con su rostro
huesudo y triste, me decía que ella necesitaba tranquilidad, y que
conmigo correteando por casa no la podía tener.
Me despedía en la estación con su gorra de la RENFE ladeada y el
cigarrillo en la comisura de los labios. Su cara se iba difuminando
entre el humo de la locomotora y las lágrimas de mis ojos.
Mi tía se portaba maravillosamente, ejercía de madre y me daba todo su
amor, me enseñó a limpiarme los dientes y a anudarme los cordones de
los zapatos. En los primeros años, cuando me veía sentado en una
roca que dominaba la carretera, venia con una porción de chocolate y
me enjugaba las lágrimas con su vestido, me consolaba diciéndome que
ella me quería, que sólo me había separado de su lado porque
necesitaba reposo. Cuánto cariño había en sus ojos, me acariciaba el
pelo y depositaba un sonoro beso en mi frente. Yo sorbía mi llanto
mezclado con el dulzor del chocolate y miraba la carretera larga,
muy larga, esperando ver a mi madre acercándose por ella.
No sé el momento exacto, pero hubo un verano que descubrí que a quién
echaba de menos era a mi tía Vitorina.
Fue cuando cumplí diez años. Inesperadamente en esas vacaciones no me
mandaron a Cariñena, sino a una casa de labranza entre Cetina y
Ariza que poseían unos amigos de mi madre. Luego años más tarde, me
enteré que habían discutido por mi causa mi madre y mi tía.
Ese tiempo que pasé rodeado de gente extraña, sin cariño, con miradas
adustas, acarreando estiércol, recogiendo fruta, dando de comer a
los animales, marcó el endurecimiento progresivo de mi alma y me
dejó claro el concepto de amor que tenia mi madre.
Al año siguiente, supliqué a mi padre que me llevase a Cariñena, lloré y
le dije que si me mandaba a la granja, escaparía y no me volverían a
ver más. Insistí hasta conseguir mi propósito.
Fueron las mejores vacaciones de las que tengo recuerdo, mi tía lloraba en
la estación cuando fue a recogerme, y mi abuela, mi dulce abuela,
tenia los ojillos felices.
El último verano que ella pasó con nosotros, no fui de vacaciones al
pueblo, pero no pude pasar sin acercarme algún fin de semana a ver a
mi tía.
El tren se detuvo lentamente en el andén. Mi hija me cogió dulcemente de
la mano y al mirar al fondo del vagón, comprobé que ella ya no
estaba en su asiento. La claridad del día me cegó unos instantes, al
abrir los ojos y al bajar al andén, mi tía nos esperaba con sus
piernas torcidas y su amor en la sonrisa.
-¡Mis chicos!, ¡Cómo habéis crecido!, ¿Tenéis hambre?-Y fue
repartiendo besos entre los cuatro mientras caminábamos hacia el
pueblo.
-¿Sabes, tía?-le dije –he visto a mi madre en el tren-
-¿Y cómo estaba?-me contestó ella acogiéndose de
mi brazo para poder andar mejor.
-No lo sé tía, si te soy sincero ha sido como una ensoñación del día
de difuntos, además, mi corazón apenas la recuerda-.
