DE CAMPO SEPULCRO A MIRAFLORES




      Recuerdo siendo niño, el largo túnel del ferrocarril con sus dos inmensas bocas, que pasaba como una madriguera por debajo de la ciudad, desde la estación de Campo Sepulcro, hasta la salida en Miraflores. Yo caminaba pegado a mi padre, con una cesta de mimbre de esas que tenían un asa metálica en una mano, y con la otra tanteándole la espalda, para no tropezar con las piedras sueltas que invadían el corredor que discurría pegado a la pared del túnel. La oscuridad nos envolvía y sólo el farol que mi padre llevaba con su luz tenue y amarilla, rompía la negrura con olor de aceite y madera quemada que se respiraba dentro. Mi padre estaba destinado en la división de vías y obras 54 o 57, no recuerdo bien, y ese recorrido era el servicio de prevención que tenía asignado en aquel tiempo.
 
Tenía que pasar el túnel encendiendo los faroles que había en las dos entradas. Unos faroles metálicos con dos cristales, rojo y blanco, enfrentados, que se alimentaban de un aceite negruzco y maloliente. Después de encenderlos tenía que ir hasta La Cartuja comprobando la dilatación de los raíles, con una placa metálica que introducía en la intersección y anotaba si la distancia disminuía con el calor. A veces a simple vista comprobaba la separación y continuaba hasta la siguiente juntura.
 
El paso del túnel era un momento emocionante para mí. Nos levantábamos a las seis y recorríamos las calles desiertas, todavía adormiladas y en silencio. Al pasar por la calle del General Franco, los servicios de limpieza del ayuntamiento, regaban la calle con sus largas mangueras que describían unos arcos inmensos, por los que pasaba corriendo para no mojarme. Entonces la mañana me despertaba de golpe en los ojos y los olores a café y churros me llegaban desde las cercanas cafeterías. Llegábamos a la estación cuando apenas la luz incipiente dejaba reconocer las cosas y las caras. Yo esperaba a mi padre sentado en el andén, mientras él se incorporaba al trabajo en la división. Contemplaba el movimiento de los viajeros que llegaban o se marchaban con las mismas caras, con las mismas palabras de adiós en la boca. Algunos noctámbulos que no habían terminado la jornada, se apiñaban en el mostrador de la cantina bebiendo vino con ojos estrellados, soñando con viajes que no realizarían jamás. Un mozo de andén carga las sacas en el correo, que forzosamente parará en cada pueblo de la línea, dejando sus noticias buenas y malas, sus mensajes de amor, de muerte, de nostalgia.
Poco después mi padre me recogía y nos sumergíamos en la noche profunda, en el agujero negro tiznado del hollín de las viejas locomotoras de carbón. A veces el tren nos sorprendía dentro del  túnel. De repente se nos taponaban los oídos y un viento nos empujaba hacia atrás. Entonces teníamos que refugiarnos en los burladeros que había separados por unos pocos metros, viendo pasar las luces veloces de las ventanillas y reconociendo algún rostro que nos miraba, sorprendido de vernos en la negrura del túnel, cubiertos por la carbonilla que soltaban las viejas máquinas.
Sentía ahora mismo esa sensación de paz que me inundaba cuando, andando con los ojos semicerrados, notaba que mi padre estaba allí conmigo, me protegía. Al llegar al puente sobre el río Huerva el túnel perdía sus paredes laterales. Solía mirar hacía arriba y la gente si me veía, saludaba agitando la mano con alegría.
Era curioso ver el triple puente que formaban los diferentes niveles, el agua discurría por debajo de las vías del tren, en medio estábamos nosotros como habitantes de una madriguera inmensa con su oscuridad y su rostro ennegrecido, arriba en la claridad, los coches, los peatones. Era un bocadillo donde la guarnición que se escapaba éramos nosotros. Cuando al  fin la luz se convertía en un punto lejano que iba agrandando su ojo paulatinamente solía adelantar a mi padre como diciéndole, ves ya soy mayor y puedo ir solo. Mi padre con esa mirada triste que siempre ha sido su compañera de viaje, me dejaba adelantarme unos metros y siempre me advertía de que podía venir algún tren y tenía que ir con cuidado.