Recuerdo una vez, siendo muy pequeño, de esos recuerdos que se
enquistan en la mente y no tienen uno anterior ni posterior como
referencia, están aislados como islas en el pasado. Veo a mi padre
muy joven, afeitándose frente a un mueble de esos que tenían espejo
y palangana y una jarra con agua abajo para ir vertiéndola. Estaba
fuera de una casa, que luego cuando tuve unos años más supe que era
una casilla de ferroviarios al lado de la vía en Fuentes de Ebro.
Tenía su bien más preciado, un reloj Duward de los primeros con
cadena de cuero, puesto en el rail de la vía. Cuando sin darnos
cuenta llegó el expreso y dejó el reloj convertido en un amasijo de
piezas deformadas. Creo que mi padre siempre temió que me arrollara
a mí y sin preocuparse por el reloj me cogió en brazos y sentí su
espuma mojándome la cabeza.
Después de encender el farol negro y grasiento que mi padre limpiaba
con esmero sacando los cristales para quitar la pátina de aceite que
se formaba en ellos, continuábamos andando por encima de los raíles
manteniendo el equilibrio. En las primeras salidas me costaba andar
por encima y saltaba de traviesa en traviesa rezagándome. Entonces
mi padre me esperaba y me enseñaba como debía poner los pies para no
caerme.
Cuando por fin llegábamos al paso a nivel de La Cartuja, yo me
quedaba en la casilla del guarda mientras mi padre completaba el
recorrido unos kilómetros más adelante. A su regreso preparábamos la
comida que llevaba en la cesta y siempre aparecía con algún tomate o
pepino sustraído de los huertos que jalonaban los lindes de la vía.
Qué buenos eran esos momentos donde veía feliz a mi padre riendo con
el compañero que guardaba el paso. Él sacaba alguna cebolla que le
gustaba con sal y preparaban una ensalada para acompañar la comida.
Recuerdo que era de Murcia, con unas manchas claras en las manos y
la cara que le daban el aspecto de estar siempre sucio. Mi padre le
llamaba “el manchado” pero no ha perdurado en mi memoria su nombre,
sólo esa risa mellada por la falta de algún diente y lo mucho que le
gustaba la tortilla de patata que preparaba mi madre.
El regreso a la ciudad siempre era más triste. A veces nos
demorábamos recogiendo caracoles en las acequias y ribazos
guardándolos en una malla que llevaba siempre en la cesta. Recuerdo
que un día cogimos tal cantidad que no cabían en la cesta y pesaba
tanto que mi padre la tuvo que llevar sobre los hombros todo el
camino de vuelta. Odié esos caracoles que hacían doblar a mi
padre la espalda, los odié pese a que nos servirían para incrementar
la dieta alimenticia escasa en aquellos tiempos. Mi padre sólo
pensaba en lo feliz que se pondría mi madre con el saco de caracoles
y con los tomates que habíamos guardado en la cesta.
Al llegar de vuelta a la estación, mi padre me hacía salir por el
depósito de máquinas, donde tenía un amigo que nos cortaba el pelo a
toda la familia, ya que estaba prohibido el paso de las vías para
todo el personal ajeno a la empresa, como constaba en un gran cartel
que había a la salida del túnel, como puesto a propósito para
nosotros, para que los hijos no acompañaran a sus padres en sus
trabajos diarios.
Yo me quedaba en el depósito donde las inmensas máquinas respiraban
pesadamente y lanzaban soplidos de vapor de cuando en cuando.
Siempre había algún compañero de mi padre que me subía encima de
alguna de las locomotoras Mikado estacionadas allí y me enseñaba los
diferentes controles y palancas que hacían vibrar a aquellos
mastodontes de hierro. Cuando regresábamos a casa cansados, sucios
pero felices de haber compartido el día juntos, la cara de mi padre
tomaba esa mueca entre triste y ausente. Se hacía de repente viejo
ante mis ojos y volvían las peleas, los insultos, el desamor. Yo
solía encerrarme en la habitación que compartía con mis dos hermanos
me sentaba en un rincón con la cabeza entre las piernas y con los
ojos humedecidos recordaba las ventanillas pasar velozmente. Veía a
mi padre feliz fumando un cigarrillo, sujetándome la mano con
ternura y con la otra despedíamos a la gente que se quedaba en Campo
Sepulcro.
