EL RIO, MI VIDA




        El aire venía cargado con esa calina que tienen los meses de verano en su ciudad. Llevaba ya dos días frecuentando los meandros que el río hacía en la margen izquierda, junto al galacho donde zigzagueaba y derramaba todo su verdor. Era una inmensa serpiente que lo subyugaba, que lo atraía con su lánguido lamento entre las piedras.
Discurría plácidamente entre tamarices, choperas y álamos blancos donde el frescor y la paz anidaban formando islas de densa vegetación. Era un río caudaloso a pesar del estío de los últimos años, mal aprovechado por la urbe que en sus orillas se asentaba desde los tiempos de Julio César.
 
Él lo conocía bien, no en vano lo había recorrido remando casi la mitad de su vida y subyacía en él ese sentimiento de tristeza que nos invade cuando dejamos de frecuentar un amor una relación mantenida durante mucho tiempo.
Él amaba ese río, cada recodo, cada remolino que se dibujaba en su rostro y le hacía sonreír, cada piedra donde afilaba sus dientes para seguir devorando orillas, pueblos, cada remanso donde tomaba aliento para correr de nuevo hacia el mar.
 
Dejó vagar su pensamiento hacia esas edades en las que el amor por su río se manifestaba cotidianamente. Remar río arriba hasta perder de vista la ciudad, sus torres, los puentes. El silencio que ahora escuchaba paseando en los meandros sólo era roto por el bogar acompasado de su respiración. El sudor impregnaba y recorría su cuerpo resaltando esa musculación de la que él estaba tan satisfecho. Al llegar a los recodos del galacho donde se habían formado numerosos bancos de arena, en donde las fochas buscaban el alimento con su pico, se tendía en el Skiff, sumergía sus pies en el agua  manteniendo el equilibrio con las palas y se dejaba transportar por las numerosas revueltas que el río hacía. Su vista viajaba en las nubes por una autopista bordeada de vegetación.
 
Hace ya mucho tiempo de eso y quizá sus recuerdos no son todo lo fieles que él quisiera. Pero siente esa tristeza del tiempo perdido y piensa en ella. Cuando se cruzaban entrenando en mitad del río y sus ojos se hablaban con esas palabras que sólo entienden las edades tempranas, los besos juveniles, las manos inexpertas que ya no te pertenecen.
Ella tenía la frente amplia, los ojos alegres y una dulce sonrisa donde él se perdía cada vez que sus voces se cruzaban. Estaba hecha adrede, sus dedos tenían la magia de los juegos florales y la suavidad eterna del amor. Era un cielo azul con quince lunas morenas. No les hacía falta declarar su amor, era como el río, un tránsito continuo donde no había principio ni fin, solamente discurrir hacia el mar de sus cuerpos.
 
El río era celoso compañero, egoísta amante que no le permitía excesivos momentos de distracción. Navegaban juntos hacia el verano sacrificando en su viaje instantes felices, rostros con el polvo celestial del que están hechas las cosas pequeñas. Se fue dando cuenta paulatinamente que arrastraba tras de sí los trozos de felicidad que le arrancaba y que fue perdiendo por el camino esa inocencia que se posa en los labios al recitar un poema. Llegaron juntos al verano, unidos por el esfuerzo y su fluir constante. El le permitiría esos retazos de infidelidad, cuando Banyoles o el Segre y otras aguas estancadas en diferentes países, en diferentes caras cortejasen su lucha por la victoria. Los premios, las alabanzas, los éxitos se marchitaron cuando el otoño comenzó otra nueva temporada.
 
El verano siguiente quiso terminar. Se dijo que sería la última travesía por el infinito río que absorbía sus fuerzas, sus días, sus pensamientos. Ella estaría esperando varada en la orilla a que él terminase su idilio, su discurrir temporada a temporada por él. Pero no fue el último y a ese le sucedió otro y otro verano e incontables estíos más donde se fue marchitando una dulce sonrisa, unos ojos alegres. Donde la juventud pasó por debajo de las arcadas de los puentes y se hizo reflejo en las noches de incienso cuando el silencio se acuesta a nuestro lado.