Los recuerdos navegan veloces por su mente y alisan arrugas que tiene enquistadas en el alma. Sabe que esa regata ya no la volverá a disputar, que en el mar duermen todos los kilómetros del río que un día canjeo por la felicidad, por el amor y sus abismos.
 
Siente la necesidad de volver a comulgar con el río, a tocar su cara y busca un sitio donde desprenderse de los zapatos, de la valija de sus sentimientos. En el tronco de un sauce que dobla su espalda saludando con sumisión el paso del agua, se sienta y con lentos movimientos como en un ritual de iniciación, comienza a desanudar los cordones. Luego uniéndolos se los coloca sobre el cuello dobla el pantalón por debajo de las rodillas y con pasos vacilantes se encamina hacia la orilla. De repente siente el golpeteo del zapato sobre su pecho y lo arroja lejos, como si no quisiera volver a ponérselo más. Se siente libre, bien y el agua le arranca sensaciones olvidadas hace tiempo. Como aquel verano a la sombra de un castillo navegando por encima de los campanarios, mientras las casas tenían por vecinos a los lucios y siluros. Era un tiempo que llevaba implícita la belleza la despreocupación, la alegre camaradería. Eran los días felices donde ella resplandecía a la vuelta de cualquier viaje, Italia, Suiza eran distancias mínimas en los calendarios y los relojes.
 
El agua empezaba a mojarle el bajo de los pantalones y sentía la llamada suave del río, como si quisiera competir con él, dominarle, vencerle en una lucha despiadada. Se dejó vencer como asumiendo el papel que le tocaba desempeñar en ese rito improvisado. Se contó las venas hacia atrás y recordó los momentos vividos cuando volcó en una zona que todo el mundo evitaba, al dar la vuelta junto al puente romano, (tenía nombre de resucitado), pozo de San Lázaro. Se sintió feliz, luchaba contra el río y contra sí venciendo el temor que le inspiraba la muerte como fin único. Deseando que la paz le envolviera y hacerse uno mismo con él, era demasiado tarde para evocar a las mareas lunares, el iris de sus ojos era una poza donde el agua caía vertiginosamente.
 
Sintió una mano firme que le sujetaba el brazo, una mano cariñosa, tierna, vio la frente amplia, los ojos alegres y una dulce sonrisa que le decía, papá ponte los zapatos y nos vamos a casa.


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