EL GUARDIAN




          Podría contar que lo encontré agarrado a un teléfono al que le habían cercenado el cable, o tal vez soñando boca abajo en un servicio donde contaba los viejos billetes de autobús, que él nerviosamente guardaba en el bolsillo de su raído uniforme. Un uniforme que no desentonaba con la basura acumulada en los andenes, en la cafetería, en la calle, y tal vez sumergida en la sombra de algún portal. Era un uniforme blanco, parecido a una de esas largas gabardinas que siempre lucía en las películas Humpery Bogart. Estaba un poco desgastado y sucio por el uso continuo que hacía de él, y tenia unos botones dorados, de los que apenas le quedaban tres.
 
          Cuando lo vi por primera vez, tenía un brillo de angustia en la mirada y esa dejadez de las personas que ya nada pueden hacer, que se dejan ir, se disuelven fundiéndose con la masa gris que los rodea. Me senté junto a él en la cafetería de la estación, rodeados de gente marginal que lo miraba fijamente con ojos extrañados. Pedí dos cafés sin cruzar ninguna palabra. Él me sonrío y con un gesto de niño maduro me dio las gracias.
 
          Era tan amargo verlo contemplar con tristeza la multitud de personas que por su lado pasaba. Gentes en tránsito por la vida, a caballo de dos destinos, cargadas con valijas y maletas chillándose la desesperación y la prisa a los ojos.
          El no pudo reprimir una lágrima, mezcla de dolor y rabia. Se sentía aislado, mirando por la vidriera el pasar constante de los viajeros a ninguna parte. Le dije que me acompañara, que viniese conmigo a mi casa y se quedase allí hasta encontrar el camino de volver a la suya. Bajó los ojos avergonzado y asintió en silencio. Fuera de la estación, el viento de noviembre  me obligó a subirme el cuello de la parka, mientras él se dejó azotar el rostro por la fina lluvia que nos empapó enseguida. Caminaba como esos niños indecisos en sus primeros pasos, asegurándose de poner bien un pie antes de adelantar el otro. Andábamos silenciosos en dirección al río. Entre farolas, la oscuridad intermitente nos ocultaba al uno del otro. Al pasar frente a la Plaza del Pilar me di cuenta de que su uniforme tenía dos aberturas en la espalda, por las cuales sobresalían unas alas con las plumas lacias y marchitas. De repente él se detuvo en medio de la bandeja desierta y me preguntó si creía en el amor. A pesar de dudar unos instantes por la sorpresa, le dije que sí, que creía en el amor entre las personas. Casi de improviso dejó de llover como si mi contestación hubiera cerrado un grifo imaginario. Su pelo, por extraño que pueda parecer, había permanecido todo el tiempo seco, tapando la cicatriz que cruzaba su frente como una diadema de color más claro.
-“Ella te quiere ¿sabes?”- Me dijo mientras nos sentábamos en los bancos. Yo no sabía por qué había dicho eso, él no conocía a ninguna de las dos.
-“Siempre se preocupa cuando llegas tarde sin llamarla y llora en silencio, sin lágrimas, para que tú no puedas reconocer su dolor”- Sacó una velita de los inmensos bolsillos de su uniforme y la colocó en mitad de la plaza encendiéndola con dos dedos. Miramos por encima de las cúpulas y las torres cómo el cielo se hacía más oscuro, más distante.
-“Creo que esta noche lloverá sobre tus besos”-
Me dijo y me hizo sentirme pequeño y mezquino, con el corazón comprimido.
Subimos andando lentamente, contando los pasos hacia la calle Mayor. Olía a pan dulce e higos y la frambuesa flotaba en el aire mezclándose con ellos. No me había dado cuenta hasta ese momento, que él caminaba descalzo sin apoyar apenas los pies en el asfalto.
Cuando llegamos al portal de casa le dije que subiera conmigo. Él me contestó que no podía, que tenía que ayudar a alguien antes de regresar. Que a pesar del tiempo que llevaba aquí, no había encontrado a nadie. Todas las personas a las que había querido ayudar, le habían golpeado el corazón con una total indiferencia. También me dijo que después de caminar días y días con la noche azotándole el rostro, se había sumergido en la penumbra de aquel bar y ya por mucho que hiciese, no podía volar.