Poesia de Joaquin Pintanel

España
Mario Moros

MARIO A. MOROS PEÑA

Don Teorías en la ciudad del Futuro

EL futuro es una ciudad en la que nunca viviremos», solía decir Ella algunas noches infectada por el virus de la trascendencia mientras bebía tequilas sumergidos en cerveza y fumaba con aquella forma de fumar que Ella tenía y que sólo he visto en las películas. 
Yo siempre he mantenido la teoría de que hay dos tipos de mujeres: las carentes y las sobrantes. Las carentes son todas aquéllas que no llegan a tener todo aquello que tú le pides a una mujer, pero tampoco tienen nada de aquello que tú detestas. Con una carente te puedes casar tranquilamente, cuidará de ti y será una buena madre para tus hijos; no te hará infeliz, pero estarás muy lejos de rozar la felicidad. Podemos decir de ellas que tienen todos las virtudes que detesto y ninguno de los vicios que admiro. Las sobrantes tienen todo aquello que tú pides, pero además tienen algunas otras cosas que tú no puedes soportar. Una sobrante no sólo te llena, también te vacía. Una sobrante te supera, te pone la vida del revés, te desquicia y siempre termina por dejarte. Y cuando te abandona, te marca para toda tu existencia. Las relaciones con las sobrantes son destructivas. Ustedes me dirán que hay una tercera clase de mujeres: las perfectas. Ciertamente las hay, aunque no se han descrito en cautividad. Dicho de otro modo, las perfectas siempre salen con otros, nunca con nosotros. Tal vez por eso son perfectas. Irene no era perfecta. Irene era sobrante. Muy sobrante.
La vi por primera vez hace ahora diez años en una exposición de un pintor principiante, mientras Ella observaba con gesto lánguido un cuadro titulado Irene en un cuarto de pensión que representaba un bellísimo desnudo, inquietante y balthusiano de una mujer con los ojos cerrados sobre una cama, tal vez dormida tal vez muerta. Cuando se volvió quise adivinar en sus ojos un calambre quizás de nostalgia. A pesar de la libre interpretación del dibujante y de lo forzado de la expresión no cabía duda sobre la realidad: Aquella chica era la chica del cuadro.
La volví a ver dos meses después en una parada de autobús. Yo nunca había sido muy lanzado pero aquel día me vi invadido por una suerte extraña de valor, así que sin más me acerqué y la saludé. Hola, Irene, le dije, en el farol más grande y arriesgado que me he jugado en la vida. Yo siempre había sido un gran jugador de póquer. De hecho hasta aquel día mi jugada maestra había consistido en, el momento más tenso de la partida más importante del siglo, cantar emocio­nado y a voz en grito las cuarenta en espadas. Gesta innovadora que, lejos de asegurarme un hueco en el Salón de la Fama de los jugadores de póquer, me con­denó definitivamente al lamentable papel de reponedor de cervezas en las tim­bas que, periódicamente, organizaban mis amigos casados en un intento, más que estéril, de reivindicar su masculinidad castrada por los matriarcados que gobernaban con mano de hierro sus casas.
Ella me miró y me dijo Hola con la expresión de confortabilidad con la que se saluda a un viejo amigo. Y en ese momento quizás los dos supimos que aquel hola era el principio de una larga despedida que habría de durar diez años.
¿Que autobús coges? Pregunté con la espontaneidad de un cruce zoológico entre osos panda. El 35, contestó Ella. Qué casualidad! exclamé yo que en toda mi vida no había cogido otro que no fuera el 40.
Resultó, felizmente, que el 35 tenía el final de línea, por lo menos aquella madrugada, en el barrio dulce de sus brazos.
Yo entonces estudiaba Derecho, tenía veinte años y una caja de ilusiones todavía por abrir. Acudía dos veces por semana a una academia de pintura e intentaba introducirme en el mundo literario con la pericia de un cantante sordo y la irritante tozudez del principiante carente de todo talento. Había publicado algunos dibujos en fancines y algunos cuentos breves en una publicación uni­versitaria de difusión tan entusiasta como escasa. Irene era tres años mayor que yo aunque aparentaba bastantes más. Había realizado varias exposiciones en Cafés de amigos y siempre había conseguido vender todos sus lienzos. Había dejado de lado la pintura para ser vocalista de un conjunto que se tambaleaba entre el garaje y la crónica leonardcoheniana, y el grupo lo abandonó para interpretar a una lesbiana en una obra titulada «Naúfragas» en una compañía de teatro semiprofesional; colaboraba con una ONG, cuando apenas nadie sabía lo que era una ONG, en Honduras o Nicaragua (nunca supe mucha geografía), había escrito varías canciones que había vendido a alguno de los intérpretes de moda... Y, en contra de lo que les ocurre al resto de los mortales, la diversificación no perjudicaba la calidad de lo que en cada momento hacía, más bien al contrario. Cualquiera que viera sus cuadros pensaba que tenía el talento suficiente para dedicarse al mundo de la pintura. Y lo mismo pensaba cualquiera que la viera actuar o aquel que leyera los poemas que distraídamente escribía en el autobús. Todo lo que hacía tenía la sutil resonancia que otorga la genialidad. Pero para Irene nada era suficiente, aunque paradójicamente en cada cosa que hacía se entregaba por completo. Irene nunca podía estar quieta. Era como si estuviera hambrienta de algo que yo no alcanzaba a entender. Siempre necesitaba ir más allá. Irene parecía estar siempre yéndose, huyendo y cargando en sus maletas las sábanas perfectamente dobladas de los fantasmas de los que intentaba escapar. Irene tenía dentro del alma un agujero insondable que era imposible llenar. A veces hablábamos durante horas y otras aparecía ante mí distante e inabarcable como una galaxia lejana. A veces le invadía una melancolía antigua, una pena misteriosa y negra como un mal pensamiento que parecía tirar de ella como un lastre hacia abajo. Y entonces yo no sabia qué hacer. Le preguntaba «¿Qué te pasa?». Y ella me miraba, me acariciaba con ternura el rostro y sonreía.
Irene era un poema abandonado. Una mezcla contradictoria de cercanías y distancias. Tenía muchas curvas que desde la primera vez que la vi se me antojaron peligrosas. Y yo no tenía ni el carné de conducir. Su melena se derramaba sobre sus hombros en una cascada de rizos que parecían tener vida propia. Siempre hablaba de cosas interesantes aunque yo siempre pensé que debían serlo más todas aquéllas que callaba. Tenía una boca grande y carnosa, como especialmen­te diseñada para los besos y para la risa. Sabia reír también con los ojos, unos ojos que brillaban como si se hubiese bebido de golpe todas las estrellas. Y, cuando quería, sabia mirar lentamente, si es que de las miradas se puede pregonar algún tipo de velocidad. Tenía los labios fríos, como un arma, como un cemente­rio de besos. Y la piel más suave de la margen derecha del Ebro. Tenía además un irresistible don natural para estropear los chistes, un talento infalible para olvidarse en el último momento de cómo acababan y hacerlos con ello mucho más graciosos. Irene sólo necesitaba el banco de un parque para celebrar una fiesta. A veces pronunciaba mi nombre como un hambriento pide un trozo de pan. Siem­pre esperaba que la sorprendieran, si la contradicción es admitible. Su pecho era abundante, seguramente para que dentro pudiera caberle el corazón. Y el filo de su lengua era la cuchilla con la que yo me habría cortado las penas.
El amor es como el premio gordo de la Primitiva. Sólo le toca a unos pocos. A los demás, y sólo de vez en cuando, les tocan las tres cerezas de las tragaperras o el peluche más feo, siempre el más feo y nunca el demonio de Tasmania con cazadora de cuero, de la tómbola en las ferias. Lo malo es que todos queremos creer en la suerte. Es como el último eclipse de Sol del milenio. Está claro que en algunas zonas de Europa franja de totalidad creo que le llamaron), el eclipse fue algo espectacular, único, digno de ser contemplado, casi un motivo por el que haber vívido una vida. Pero en la mayoría de los otro lugares fue algo así como un nubladillo de verano. Nos vendieron que el cielo se iba a oscurecer, que los pájaros dejarían de cantar, que (juro que esto lo oí en un telediario) se tenía que encerrar a los animales en sus jaulas de los zoológicos porque la venida de una noche tan creíble como fugaz podía provocarles desarreglos físicos y mentales irremediables. Y de eso nada de nada. Dudo de que si no hubiéramos sabido de la supuesta importancia del fenómeno atmosférico (más bien habría que llamarlo mediocre atmosférico) nadie habría perdido un solo segundo en levantar la cabeza hacia el firmamento. Y lo peor del caso es que al día siguiente los informativos, la prensa, la radio mantuvieron su postura comentando sin reparar en adjetivos la magnificencia del acontecimiento. Actitud que se contagió al público en general que lo encontró sublime. Y es que detrás de todo ello se esconde la necesidad de creer, de no aceptar lo mediocre de nuestra existencia, de querer agarrarnos al clavo ardiendo de la vulgaridad, de hacer especial lo que poseemos, no porque lo sea sino por ser lo único que tenemos. Lo cierto es que el eclipse, y que den un paso al frente conmigo los más valientes, fue una auténtica mierda, un engaño, una decepción, un fraude sólo comparable al miserable espectáculo de la lluvia de estrellas que cada año nos provoca una inútil tortícolis a mitad del verano. Y sí no, piensen en cuántos de ustedes, de haber pagado por verlo, no habrían exigido la devolución de su dinero a la finalización del bochornoso espectáculo. Y si no, al tiempo, que me dará la razón, porque al paso que vamos está claro que el primero del nuevo milenio será codificado. Supongo que habrán captado el paralelismo con el amor.
Yo tengo la teoría de que las relaciones amorosas son un interminable camino pespunteado de viviendas. Todos buscamos una vivienda en la que quedar­nos. El que lo hagamos en una o en otra depende de nuestro carácter. Hay quien no se fía de que haya más viviendas de aquélla primera que ve y se queda a vivir en la primera que encuentra simplemente por temor a no encontrar otra; estas personas nunca se podrán quejar de sus casas pues realmente no tienen nada con que compararlas. Hay quien prefiere mansiones de impresionante apariencia aunque estén sin amueblar por dentro. Y otros a los que, por importarles sólo la comodidad no les importa quedarse para siempre en una chabolita fea pero aco­gedora. Otros siempre duermen en habitaciones de paso y también los hay que comprenden que más allá siempre hay otra casa que nos espera abierta de puer­tas y por ello nunca se detienen en su camino. Estos saben que el amor no es una sustancia cuantificable y que siempre hay más en alguna otra parte. Pero incluso a estos también les llega un día en que se cansan de caminar y terminan por quedarse a vivir en una casa que no es ni mejor ni peor que otras en las que ya durmieron, pero que se encuentra en el momento oportuno del camino. Hay también grandes cadenas de hoteles que aparecen periódicamente en nuestras vidas ofreciéndonos con tozudez sus habitaciones.
Y en mi búsqueda de una explicación a lo inexplicable he llegado a creer haber encontrado la demostración matemática a la inexistencia del amor verdadero. Vayamos allá. Si es cierto que hay una persona que objetivamente, será la más alta del mundo, igual que habrá otra que será la más pesada o aquélla cuyo intes­tino delgado alcance mayor longitud, ha de existir asimismo aquélla que objeti­vamente nos haría más feliz. A mi parecer, a nuestro pretendiente, para ser per­fecto, habría que exigirle unas condiciones mínimas entre las que, yo creo, hay que incluir hablar nuestro propio lenguaje. Sí ya es difícil expresar ciertas ideas o sentimientos en la lengua vernácula, el obstáculo sería insalvable sí el otro no habla nuestro idioma. En esto tenemos suerte, pues el español es hablado por quinientos millones de personas. La situación sin duda es más dura para, pon­gamos por caso, un habitante de alguna tribu polinésica de Kapingamarangi, cuyo dialecto apenas sea hablado por una docena de congéneres. De ese total de quinientos millones referido, y reduciendo la teoría al ámbito heterosexual (permítaseme la licencia) la mitad corresponderían al sexo opuesto, contrario o com­plementario, como ustedes prefieran. Y de esos 250, podríamos decir que 125 estarían en un intervalo de edades que nos podrían interesar (entre los 18 por imperativo legal y los cincuenta por imperativo venéreo). Si ponemos que en nuestra vida podemos llegar a conocer a mil personas tan en  profundidad como para saber si son o no esa pareja ideal, y la estadística no miente al decir que la probabilidad de que un hecho ocurra se define como el cociente del número de casos favorables entre el número de casos posibles, la probabilidad de encontrar esa mujer entre el total existente seria de 1.000 entre 425.000.000, o sea, simplificando, una entre ciento veinticíncomil. Si con esto no se ve claro, un ejemplo gráfico nos ayudará a entenderlo. Si cada una de esas mujeres ocupasen un metro y se pusieran en fila alcanzarían ciento veinticinco kilómetros. Si una de ellas escondiese una canica en la mano y nosotros nos montásemos en un coche a una velocidad de 50 a la hora tardaríamos dos horas y media en recorrer tal hilera. Imagínense, dos horas y medía viendo pasar mujeres. Pues bien, encontrar a esa pareja ideal sería como parar en un momento dado nuestro coche y que aquella mujer delante de la que estuviéramos resultase ser la que en su mano esconde nuestra canica. Todo lo demás serían afinidades genitales, apaños económicos, desengaños compartidos, compatibilidades epidérmicas, convencionalismos sociales... Y por eso terminaríamos viéndonos obligados a vivir en un estado de insatisfacción permanente y perpetua melancolía. Desalentador, ¿verdad?
Tal vez piensen que con esto se demuestra que es muy difícil, pero no imposible, y que aún así el destino de algunos pocos es el encuentro con la mujer de la canica. Yo les aseguro que nadie la ha encontrado, pero que el amor consiste precisamente en eso, en creer firmemente que la mujer con la que uno está es la que tiene la canica. Aunque, amigos, la patética verdad es que nunca la tiene.
Nunca salvo en mi caso, porque yo si. Yo si que era un afortunado. Yo había sido agraciado con el primer premio de la Primitiva. Yo había visto el eclipse. Yo había encontrado mi chalecito con su parcelita de felicidad. Yo, señoras y señores, había encontrado mi canica.
Todas estas hipótesis se las contaba a Irene en noches en que el barco de la euforia etílica atracaba en el puerto de la incontinencia verbal. Y cuando yo ter­minaba Ella me desmontaba con su sonrisa abierta y deliciosa e invariablemente, como conclusión a mis planteamientos, con solemnidad e impostando su voz como si fuera un hombre, Ella añadía: «Dijo Don Teorías». Y entonces levantaba su cerveza y brindaba: «Para que nuestros pies nos lleven donde el corazón nos mande».
-«El año que viene tengo una boda», le dije la mañana extraña de un último jueves de septiembre. «¿Querrás ser mi pareja?».
«Tal vez», dijo Ella, no muy acostumbrada a hacer planes que la comprometieran más allá de la hora de comer. «¿Quién se casa?» «Yo», le contesté. Y los dos nos miramos como si fuera la primera vez que nos veíamos.
Aquella tarde decidimos huir juntos a Barcelona. No se lo diríamos a nadie. Simplemente desapareceríamos. Quedamos en la estación a las doce de la noche. El plan era comenzar desde cero, llevándonos sólo lo que cupiese en la maleta. Ella siempre decía que los únicos adioses tolerables son aquellos en los que todo cabe en una maleta. Yo me dedicaría a escribir, a tomar las riendas de mi vida, a ser lo que siempre había soñado ser. Y, llevando su filosofía al limite, solo metí en la mía las notas del manuscrito de la que pretendía ser mi primera y exitosa novela que habría de titularse «Amor y escombros»: apenas tres folios y un galimatías de frases presuntamente brillantes sin orden ni concierto en un ejercicio inmisericorde de piratería basado en la cita fácil y el lugar común.
Estuve más de tres horas en la estación hasta que comprendí que Ella nunca aparecería. Y que seria inútil intentar localizarla en su casa. Volví a la mía... Y conmigo volvió una ausencia que me habría de acompañar para el resto de mis días.
Desde aquel momento mi vida comenzó a rodar lenta pero inexorablemente por la imparable ladera de la decepción... Acabé mí carrera con más pena que gloria, fue posponiendo sine die la realización de mi libro, me matriculé en una academia para preparar unas oposiciones con la desidia anticipada de quien sabe que va a fracasar en el intento, abandoné la pintura aunque gracias a mis dibu­jos conseguí un trabajo en el estudio de un decorador de interiores que terminó por reducirse a pintor de brocha gorda, me fui vaciando poco a poco de manera apenas perceptible pero irremediable hasta que una mañana me desperté y al mirarme en el espejo reconocí con terror en mi rostro el cadáver incorrupto de mis propias ilusiones.
Incapaz de enfrentarme a los fantasmas que poblaban cada rincón de la casa (todos terminamos hablando solos en casas vacías), intenté huir de mis recuer­dos y acabé por mudarme de apartamento a un barrio en otros tiempos lujoso y en aquel momento exponente del más portentoso deterioro de la ciudad: un ático mezquino y sucio cuyo mayor inconveniente, más allá de la ausencia de calefacción, de la inexistencia de ascensor y de los índices de delincuencia más altos de la Europa Occidental, era la omnipresencia sonora de un vecino con vocación frustrada y frustrante de saxofonista.
Comencé a trabajar como camarero en «El Desengaño» casi por casualidad en un arranque de dignidad tan tardío como fingido que me llevó a aceptar el primer empleo que se presentó delante de mis narices. En un principio pensé que era una situación transitoria, ya saben, sólo por un tiempo hasta que aprobase mis eternas e inaprobables oposiciones. Dicen que los bares de Holliwood están llenos de camareros sexagenarios en situación transitoria esperando que les ofrezcan el papel de sus vidas. Y a mí me rondaba la sospecha de que ya me habían asignado el papel en la mía: en mi propio barco yo había sido la última rata en darse cuenta que el bote se había ido a pique.
Acepté e hice mía la filosofía de «¿por qué justamente a mi me tocó ser yo?». Me preguntaba qué equivocadas decisiones o qué suerte esquiva me había des­terrado al interior de aquel hombre en que me había transformado. Había empezado a sospechar que no sólo no era el mejor, sino que ni siquiera me encontra­ba entre los buenos. Que no sólo no había llegado a ser lo que esperaba de mi, sino que ni siquiera me había acercado. Lo malo no es que la gente no espere grandes cosas de ti, lo malo es que no se equivoquen al no esperarlas.
Todos mis amigos y amigas habían ido ordenando sus vidas. Casi todos se habían casado (todos los días ocurren tragedias de las que no tenemos noticias). Lo curioso es que los que habían llegado antes al matrimonio no habían sido aquellas parejas que habían sido más apasionadas durante el noviazgo, que va. Habían sido aquéllas cuyas relaciones habían sido más grises, menos ardorosas. Y es que yo siempre he pensado que cuando una pareja de novios ya no tiene nada que decirse, cuando sus instintos más carnales languidecen, cuando la carcoma de la rutina ha terminado por pudrir las vigas donde se asentaban sus sentimientos más profundos sólo les queda una salida: casarse.
Tal vez no me crean, pero yo estoy seguro de que la calvicie no es sino un tri­buto a la felicidad. Una especie de pacto secreto con algún demonio de segunda, con un diablo de todo a cien. Uno ya no vende su alma, basta con su pelo. Y sí no, piensen por un momento en cómo todos los hombres cuando comienzan a aceptar su situación sentimental como definitiva empiezan a perder pelo. Y cómo, al con­trario, los rebeldes, los inconformistas, los que están en búsqueda permanente, conservan frondosas cabelleras hasta el final de sus días. El pelo es igualmente fundamental para un cantante de rock. No verán triunfar a ningún cantante calvo. Miren a Joe Jackson: es muy bueno, pero no se come un rosco. ¿Por qué? Porque es calvo. El arma más importante de un cantante es su pelo, su tupé: Elvis Presley, Bob Dylan, Manolo Escobar... Ustedes me pondrán como excepción el ejemplo de Phil Collins, que es una auténtica bola de billar y triunfa. No se engañen: la triste realidad es que vende porque el pobre hombre da tanta penita, tanta, que...
Mí cabeza, huelga decirlo, estaba coronada por una espléndida y boscosa mata de pelo, envidia justificada de mis amigos calvos y casados, valga la redun­dancia.
Y no es que yo esté en contra del matrimonio. Es sólo que creo que lo único realmente molesto del matrimonio son los primeros cincuenta años que siguen a la luna de miel. Que el matrimonio es una alianza de dos personas, una de las cuales nunca recuerda los cumpleaños y otra nunca los olvida. Se dice que el matrimonio es un egoísmo compartido, un contrato en el que cada uno conoce a la perfección los derechos propios y los deberes del otro. Que casarse es la última decisión libre de la vida y que de casarse a cansarse no hay más diferencia que una pequeña letra. Oí en alguna parte que el éxito del matrimonio depende real­mente del acierto del otro en la elección. Y que el matrimonio lo componen un tirano, una tirana y dos esclavos que en conjunto no suman más que dos perso­nas. Que no te casas con alguien sino contra alguien. Que el amor es una pato­logía cardiaca cuyo remedio más eficaz es el bálsamo del matrimonio. Que con razón a la mujer se le llama esposa. Se dice que el amor es una estrella y el matri­monio el pozo en el que los hombres caen por irla mirando. Que la cadena del matrimonio es tan pesada que se necesitan dos personas para llevarla o incluso tres. Que el matrimonio es una sentencia. Que el corazón de una mujer casada es un inmueble gravado con una hipoteca. Que para casarse la juventud es dema­siado pronto y la madurez o la vejez demasiado tarde. Yo sospecho que el éxito de un matrimonio consiste en algo más importante que encontrar a una buena persona: Consiste en ser esa buena persona que encuentre el otro. Aunque en el fondo tal vez sea todo envidia, pues si pienso en cuántas personas hay que en ningún caso querrían casarse conmigo, en cuántas con las que en modo alguno yo me casaría y en lo reducido de mi círculo social, mi matrimonio más que un acontecimiento me parecería un milagro. Quizás, al fin y al cabo, sea cierto que el amor es un invento de los matrimonios para cuando no echan fútbol en la tele.
El Desengaño había pasado de ser lugar poco recomendable a local de moda y estaba siempre atestado. A menudo aparecían por allí antiguos compañeros de mi época universitaria, casados en noche libre, borrachos como piojos, que se acodaban en la barra frente a mí con sus cerebros licuados, soltándome interminables y etílicas disquisiciones filosóficas que acompañaban de delirantes aspa­vientos, sobre el secreto de la vida que yo nunca entendía, separados como está­bamos por la barra, la música, el barullo y, sobre todo, por la brutal distancia vital que mediaba entre nosotros.
Tardé bastante tiempo en volver a salir con chicas y mucho más en aceptar comprometerme con alguna de ellas. En El Desengaño era fácil conocer gente y nunca faltaba un rostro bonito dispuesto a proporcionar un desahogo venéreo que invariablemente me terminaba por dejar en el paladar del alma el regusto amargo de la derrota. Si hubiera sido marinero habría tenido una soledad en cada puerto.
Pero no fue en el bar donde conocí a Ana. A Ana la conocí en una pastelería, la mañana de un día de Reyes que estuve a punto de morir ahogado al atragantarme con la sorpresa del Roscón que acababa de comprar. «No se moleste, me lo llevo puesto», le dije cuando me lo empezaba a envolver la dependienta, una rubia más que apetecible. Y apenas le tendí un billete no pude evitar lanzarle un primer bocado (al roscón, no a la dependienta a mí pesar) que también habría de ser el último, pues con la rezumante nata, con el esponjoso bizcocho, con la corona de almendras, con las láminas de azúcar y con la fruta escarchada penetró una suer­te de perla abyecta que fue a taponar con maléfica determinación mí epiglotis. Fue Ana, que entró a la tienda mientras yo cumplimentaba escrupulosamente los trá­mites propios de la muerte por asfixia, quien se colocó detrás de mí y, entrela­zando sus manos alrededor de mi pecho, en certera maniobra dijo después ella, inmovilización de lucha grecorromana habría definido yo, presionó mi diafragma y consiguió que expulsara aquel cuerpo extraño que me negaba la respiración. El objeto en cuestión salió expelido de mi boca como bala de cañón, con una violen­cia tal que fue a destrozar la luna del escaparate del establecimiento y atravesó ambas ventanillas delanteras de un destartalado coche aparcado en el exterior y que, para mayor desgracia, luego resultó ser el mío. La mayoría de las parejas tie­ne una canción que les recuerda el día en que se conocieron. En este sentido la banda sonora de nuestra relación sería el sonido de las alarmas del local y del vehículo que se dispararon con el incidente. Fue después cuando ya recobraba el aliento y mi habitual palidez cuando apareció Ana con la sonrisa en los labios y la sorpresa del Roscón en una de sus manos recuperada de entre los cristales de la calle. «Tal vez la quieras de recuerdo», dijo tendiéndomela. Y no pude evitar que me diera un vuelco el corazón cuando abrió su palma y me enseñó aquella canica.
No sé cuánto valía entonces mi vida pero como pago por habérmela salvado no se me ocurrió otra cosa que invitarla a cenar. Resultó que Ana era enfermera y también resultó que su hermana vivía en mi mismo bloque. Y por más resul­tar resultó que mi vecino del saxofón era el marido de su hermana y que el saxo­fón no era tal sino una especie de aborto de clarinete que respondía al tragicó­mico nombre de requinto.
Ana no era bonita pero tenía una ambigua insinuación de hermosura, una suerte de amago de belleza antigua, como la de un retrato apresurado basado en una mala foto de Laureen Bacall dibujado por un mediocre pintor.
Enseguida comprendí que Ana era un partido que yo iba a ganar jugando a medio gas. Comenzamos a salir y a hacer lo que hacen todas las parejas: íbamos al cine y comíamos palomitas, tomábamos granizados en terrazas, café en asép­ticas cafeterías, quedábamos con los amigos, comprábamos libros de Pérez Reverte que no leíamos... Y por fin un día, al cabo de unos meses, me sorpren­dí hablando de ella como de mi novia. Nunca nos casamos, pero reprodujimos todos los trámites propios del matrimonio, excepto el de las discusiones y, claro está, el de la propia boda. Así, antes de trasladarme definitivamente a su apar­tamento (mucho más grande, limpio y en mejor zona que mi viejo ático de la calle Melancolía), decidimos hacer un viaje de no-boda en una definición que tanta gracia nos hizo que lo repetíamos en cuanto podíamos. Les juro que aquellas dos semanas fueron las más felices de nuestra convivencia. Y que en algún momen­to de aquel medio mes llegué a engañarme y a creer que la quería. Fue al des­cender del avión de vuelta, justo cuando andaba pensando en que tal vez el amor consistía en aquello y me afanaba en buscar nuestras maletas perdidas, cuando una visión, como una ola que arrasa el castillito de arena de las ilusiones, tiró por tierra todo lo construido durante aquellas vacaciones. Era Ella. Irene. O eso al menos me pareció. Porque lo cierto es que no llegué a verle la cara. Tenía el pelo mucho más corto que la última vez que la había visto. También había cam­biado su color, y el moreno natural de su cabellos tendía ahora levemente el tono rojizo de henna que tanto se llevaba. Estaba más delgada y había cambiado su forma de vestir, mucho más serena. Parecía sola y su aspecto general era el de una ejecutiva en viaje de negocios. Estaba al otro lado del cristal que separaba la terminal de vuelos nacionales de la de internacionales. Y por más que aporreé el vidrio, y pataleé y grité y agité mis brazos como el quebrantahuesos más torpe de clase en sus primeras lecciones de vuelo, Ella no se volvió, y terminó por ale­jarse de espaldas a mi, caminando lentamente hacía la puerta de embarque. Juro que en ese momento lo habría vuelto a abandonar todo por seguirla si Ella me lo hubiera pedido, maletas incluidas. Sólo cuando la sentí de nuevo definitivamen­te perdida, confundida entre una marea furiosa de pasajeros que acabó por tra­gársela, me acordé de Ana, que observaba la escena con el gesto de la estupe­facta indignación de un niño al que sus padres confiesan entre risas la inexistencia de los Reyes Magos. Estupor que, por otra parte, compartían en una especie de solidaridad idiota, el grueso del pasaje que me miraba y el gorila de seguridad que vino a apartarme del vidrio para inmovilizarme contra el suelo en una llave de judo que todavía me duele al recordarla confundiéndome, según me confesó después entre disculpas, con un peligroso loco huido del manicomio o un terrorista internacional.
Ana nunca me preguntó por el significado de aquella bochornosa escena por mucho que yo intenté atribuirla tal vez a los efectos del jet lag, tal vez al estrés del regreso. En un intento de confirmar mí dolencia fingida, pasé una semana en cama, reponiéndome del incidente, y de la leve luxación del hombro, esa si abso­lutamente real, que el excesivo celo del guarda me había producido. Ana era enfermera y se tomaba en serio su trabajo, aunque el esmero de sus cuidados que contribuían a la mejora de mi estado físico no hacía sino empeorar mis sen­timientos de culpa.
A partir de aquel momento mi relación con ella no hizo sino deteriorarse. Yo andaba por la casa como una sombra, como un fantasma, evitando su mirada, sintiendo como un latigazo cada una de sus caricias, como un insulto cada una de sus atenciones. Y conforme más patentes se iban haciendo mis desprecios y mis indiferencias más serenas eran las manos que me acariciaban, que me arro­paban, que me perdonaban por culpas que yo sólo conocía. Es triste no tener lo que se quiere, pero es más triste no querer lo que se tiene. Comencé a pasar horas delante del televisor, absorto en programas que por otra parte aborrecía, culti­vando la perturbadora atracción por la nada. Me parapeté en un silencio cobar­de del que defenderme de los embates de mis propias dudas. Hice todo lo posíble para que nuestros horarios, ya de por sí difíciles, se tornaran del todo incompatibles.
Entonces comprendí que lo contrario al amor no es el odio sino el cariño y que en realidad a Ana nunca la había amado. Y que lo único que me había hecho per­manecer a su lado era que el exquisito cuidado con el que ella siempre me había tratado había terminado por producirme una especie de cálida adicción de la que era difícil desengancharse. Ana era enfermera y yo en verdad necesitaba una enfermera pues estaba realmente enfermo: enfermo de ese virus paciente y mor­tal que llamamos nostalgia, infectado por un cáncer terminal de melancolía que me devoraba las entrañas. Echaba de menos los tiempos pasados, los tiempos perdidos. Me dolía la imprecisa añoranza de todo lo que no había ocurrido. Echa­ba de menos, en fin, con la nostalgia de un columpio vacío, a Irene, y (eso era lo más trágico) me echaba de menos a mi mismo.
Y es que en la vida de todo hombre termina habiendo una novia que le hace sentirse feliz y una ex-novia que le hace sentir desdichado.
A veces la mirada se me preñaba de nostalgias que me envenenaban la sangre y entonces me invadía una pena febril y extraña y ella, sin saber qué hacer, me preguntaba ¿Qué te pasa? Y yo la miraba, le acariciaba tiernamente el ros­tro y le sonría.
Tiempo después me enteré, por un amigo común, que con anterioridad a mi relación con ella, Ana había salido durante cinco años con un chico que había terminado por proponerle matrimonio. Hasta ese punto había llegado mi desin­terés por ella, que no fue sino gracias a otros que supe algo de su vida, esa vida por la que creo no le pregunté ni una vez. Después he comprendido que Ana y yo habíamos sido sólo dos obreros tratando de apuntalar dos edificios que se derrumbaban: nuestras inclinaciones habían coincidido y los edificios se habían mantenido en pie con el propio entusiasmo que producía que no se cayeran.
Ana había sido tal vez mi penúltimo tren y yo el suicida cobarde de la Esta­ción de las Dudas.
Por eso la tarde que apareció con sus maletas y dijo que se iba yo permanecí inmóvil, incapaz de actuar, como un cervatillo cegado por las luces de los faros de la realidad que estaba a punto de atropellarme.
Yo nunca dominé el arte sutil de las miradas, pero diría que había un tono de lástima en aquella última que Ana me dedicó.
En el ascensor de mi casa ponía que tenían que estar instaladas puertas inte­riores antes del año 2000. De crío pensaba que para esa fecha estaríamos vivien­do ya en Marte y lo más que hemos llegado es a ponerle puertas a un ascensor.
Y es que cuando yo era niño tal fecha aparecía como el horizonte utópico en que mis sueños se habrían hecho realidad. En el colegio jugábamos a imaginár­noslo y yo estaba seguro de que para entonces ya sería alguien. Entonces toda­vía creía que la vida era un lugar emocionante lleno de aventuras. Me veía a mí mismo triunfando como escritor, tal vez como dibujante. Me imaginaba viajando por todo el mundo, firmando libros, concediendo entrevistas.
Pero Torrebruno murió sin conocer el nuevo siglo el mismo día en que a mi abuela le diagnosticaron un cáncer terminal de páncreas, Gloria Fuertes se nos había ido en silencio un extraño jueves de noviembre, Mílikí era número uno en ventas con un CD titulado A mis niños de treinta años... Y probablemente Mazinger Z yacía oxidándose bajo la lluvia del olvido en algún desguace de carretera, demasiado viejo, demasiado cansado como para intentar nunca más salvar el mundo, mi mundo...
Eran señales inequívocas de que a mí infancia y a mis ilusiones las habían enterrado en la misma caja.
La llegada del año 2000 y con él el posible fin del mundo me sorprendió traba­jando de camarero en El Desengaño. Sentía que la vida era una fiesta a la que nadie se había acordado de invitarme. Todavía no había cumplido los treinta y ya me sen­tía vencido por la desilusión. Estaba claro que el hombre que debería haber llegado a ser odiaría al hombre en que en realidad me había convertido. Y es que había dejado de ser lo que nunca había sido. Había terminado por decepcionar a todo el mundo, incluso a los más incondicionales que no se habían resignado a verme coquetear con el fracaso. Y lo peor: me había decepcionado a mí mismo. La vida es una excursión que iniciamos con una gran mochila llena a rebosar de las cosas que nos gustan, que creemos necesarias para el camino. Pero según vamos avanzando y la travesía se hace más dura entendemos que para poder seguir caminando tene­mos que ir tirando cosas que nos aligeren el peso. En un principio pensamos que regresaremos más tarde a recoger aquello que abandonamos. Y no sospechamos que la vida es un camino que no tiene regreso, que lo que dejamos atrás ya nunca vuelve. Sólo al final nos damos cuenta de que nada de lo que juzgamos como imprescindible lo era y que lo único que necesitamos para poder seguir adelante son nuestros propios pies. Yo había comenzado desprendiéndome de mi entusias­mo literario, de mi afición pictórica, y cuando el peso de la vida acabó por hacerse insostenible había terminado por tirar de mi mochila los ideales, las ilusiones, y finalmente el entusiasmo, la vitalidad, el empuje, la pasión.
No hay dónde ir cuando todos los caminos llevan a ninguna parte ni nada que hacer cuando el veneno es la medicina.
El Desengaño había organizado una gran fiesta de Nochevieja para despedir el siglo, el año y tal vez el milenio. Hasta el más torpe habría entendido en aquella situación una alegoría de mí existencia: mientras algunos de mis amigos decidían pasar la noche en las Islas Vírgenes en busca del primer rayo de sol del nuevo siglo, mientras otros alquilaban suites en los hoteles más caros de la ciudad o practicaban esquí nocturno en las mejores pistas de los Alpes yo permanecía, como siempre, atrapado por el desengaño. En una escenificación más que creíble de la soledad, tomé las uvas solo en casa y a las doce y cuarto ya estaba en el bar. Comenzamos brindando entre los camareros con vino espumoso de todo a cien y después de la tercera copa abrimos la Gran Bolsa de Cotillón, lo de siempre: un antifaz, dos ser­pentinas, un matasuegras y un collar estilo hawaiano que decidí colgarme por la cosa de dar ambiente. El local se fue llenando con la misma velocidad con la que las copas de primeras marcas que yo bebía se vaciaban. A finales de mi primera bote­lla de Martiní se me comenzó a nublar la vista, y a mediados de la segunda comen­cé a tener que coger los hielos con la mano en vez de con las pinzas para poder intro­ducirlos en los vasos. Fue cuando me esforzaba inútilmente en desenroscar el tapón de la tercera cuando apareció Ella. Irene, Estaba exactamente igual que la primera vez que la vi en aquella vieja galería de arte que terminaron por cerrar para instalar una tienda de teléfonos móviles. Llevaba un antifaz que no hacía sino vestir con un velo de misterio su inquietante belleza. Apenas fueron unos segundo los que nos miramos, unos segundos los que caí de nuevo emponzoñado por el veneno oscuro de su mirada, unos segundos los que mí atención permaneció secuestrada por aquellos ojos grandes y negros y por ese mundo tan real como imperceptible lleno de complicidades que entre los dos creábamos. Sólo unos segundos, porque cuando salté la barra para besarla, para abrazarla, para decirle quédate conmigo aunque sólo sea toda la vida, ya la había perdido como aquella vez en el aeropuerto, entre aquella feria humana, entre el tumulto de cuerpos que bailaban y reían y se afana­ban en reclamarme las copas que me habían pedido. Sólo unos segundos, pero los suficientes para descifrar en sus pupilas, desbordadas de amarguras y nostalgias, el mensaje que me había mandado. Sabía lo que tenía que hacer. Nada me importaba. Salí del bar corriendo, abandonándolo todo y llegué a casa con la velocidad del pre­so que huye de una condena a muerte. Busqué debajo de la cama y allí estaba la maleta con el principio de «Amor y escombros» que llevaba tantos años esperando para hacer su viaje definitivo. No necesitaba nada más. Metí la cabeza debajo del grifo del agua fría intentando despejarme y no se lo van a creer pero, cuando la aparté, el lavabo estaba tapizado de pelos desprendidos de mi cabeza.
Le sonreí al espejo orgulloso de mis incipientes y recién descubiertas entradas y salí a toda prisa hacia la estación.
Hacía frío y las luces tímidas de los escasos coches que transitaban en aquella hora por la avenida desangelada se desgarraban dulcemente sobre el velo de niebla que lo empapaba todo, hasta los corazones.
 La estación estaba vacía como el corazón de un viudo. Y de los arrabales de mí memoria se trasladaron en un momento hasta el centro de mi alma todos los recuerdos de diez años atrás: la primera vez que la vi en la exposición, aquel hola en la parada del autobús que cambió mí vida, su mirada lenta, su risa como una cascada de felicidad, su mano en lo alto brindando y aquella forma extraña de decirme adiós...
Entonces distinguí a lo lejos la silueta de espaldas de una figura femenina, recortándose entre las luces y las sombras de las farolas del andén. Miré al cielo y sobre el recién estrenado enero vi a las estrellas coquetear con los fuegos artificiales que saludaban al nuevo año. Alcé los cuellos de mí abrigo de cuero, ins­piré todo el aire que pude, dejé flotar mí aliento sobre la bruma y enjuagué la tristeza que se me había cuajado en los ojos. «Para que nuestros píes nos lleven donde el corazón nos mande», pensé. Y dirigí mis pasos hacia Ella.
Yo, ya he dicho, nunca fui muy bueno en geografía, pero habría jurado que aquel paisaje se parecía mucho al de esa ciudad que algunos llaman Futuro.