MIGUEL ANGEL OLIVAN ASENSIO
El río siempre acaba en el mar
Mi abuelo siempre me lo recordaba:
-Por muchas vueltas que se empeñe en dar su cauce, el agua
del río siempre acaba rematando en el mar.
Claro que, el que te comenten esta expresión a ciertas edades
de tu infancia es como hablar con la pared de turno.
Sin embargo, la frase tiene todo el sentido del mundo, aunque
yo tardé bastantes más años de los que mi abuelo esperaba, cuando me
la decía, en entenderla.
Mi nombre es Javier y siempre he sido considerado el
"empollón" por la totalidad de mis compañeros de clase en todos y
cada uno de los cursos en los que he estado en mi larga vida
estudiantil. Siempre tuve esa facilidad innata de aprender más que
los demás con menor esfuerzo que ellos.
A los catorce años me separaron del resto de mis compañeros
de clase para incluirme en un grupo de estudiantes superdotados, ¿se
imaginan la expresión de todo el mundo al mirarme cuando se cruzaban
conmigo?
Sé de buena tinta que la mayoría de las personas, y la
totalidad de mis contemporáneos, me veía como un bicho raro, lo sé
porque lo sufrí en mis propias carnes. A ciertas edades, los chicos
adolescentes somos muy crueles aunque en esos pasajes de nuestra
vida no nos damos cuenta de ello, y cuando había por obligación que
importunar a alguien, el bicho raro era siempre la primera opción.
Ser listo tiene sus ventajas pero pude comprobar que serlo de
adolescente tiene muchos más inconvenientes. Todos rehuían de la
posibilidad de ser amigo del bicho raro, incluso las chicas me
esquivaban.
Fue muy duro para mí ver a mis camaradas de quinta salir,
divertirse y en muchos casos besarse con chicas; lo fue porque
ninguna hizo cola a mi puerta para hacer nada de esto conmigo, y no
precisamente por este orden con el que las acabo de enumerar.
La agorafobia comenzó a devorarme las entrañas en silencio,
sentía temor a los espacios abiertos por miedo de que pudiese
sucederme algo. Se puede decir que empecé a tener pánico de los
demás, abrigaba en mí una angustiosa ansiedad ante la idea de pensar
que todo el mundo me señalaba, sentía un gran sentimiento de
inferioridad cuando razonablemente no debía ser así.
Todo lo que mi desproporcionada inteligencia, mi elevado
coeficiente intelectual y mis insuperables notas no pudieron hacer
por mí, lo tuvo que hacer mi psicóloga particular.
Mis padres poco podían hacer ante todos estos problemas que
padecía, y no se les ocurrió mejor solución que contratar los
servicios de uno de estos asesores psicoterápicos; se trataba de una
mujer anciana con muy buen corazón, y mientras estuve en sus manos
mi ego creció tímidamente. Puedo decir, sin miedo a equivocarme, que
fue mi primer gran amigo.
Ella me recomendaba que cambiase de hábitos e intentase hacer
nuevas amistades, o sería más apropiado decir, que me limitase a
hacer amistades, porque no tenía ninguna. Me ponía ejemplos para
integrarme en la sociedad, como el inscribirme en un gimnasio, hacer
cualquier clase de deporte colectivo, apuntarme a alguna peña
cultural...
Y sobre todo, que no me preocupase, que tarde o temprano todo
cambiaría y conseguiría hacer amigos, y tener novia, y vamos...,
todo lo que un chico de mi edad solía hacer habitualmente.
Claro que..., seguir sus consejos tampoco fue tarea sencilla.
No me dediqué a practicar ningún deporte colectivo por el simple
hecho de que nunca me gustó ninguno, hasta para eso era raro, puesto
que cuando los chicos de mi edad se dedicaban a coleccionar cromos
de sus ídolos deportivos, a mí me llenaba más pasar las horas
muertas leyendo a Julio Verne.
Tampoco duré mucho en el gimnasio de turno, no le vi ningún
atractivo especial al hecho de mover kilos sin un objetivo
científico detrás.
Aunque si bien es cierto que buscando mi otro yo y
prácticamente sin esperármelo, no tardé en encontrar un hobby que me
agradase y me hiciese sentir útil en la vida: me puse a trabajar
como voluntario de la Cruz Roja conduciendo una ambulancia de
urgencias.
Estaba acompañado por tres técnicos y un enfermero voluntario
y nos encargábamos de la asistencia a enfermos y accidentados en la
vía pública, por lo que es fácil imaginarse que tardé bastante
tiempo en acostumbrarme a las lamentables escenas de accidentes que
aquel trabajo nos obligaba a presenciar, aunque creo que uno nunca
se acostumbra realmente a eso.
El trabajo puede parecer no muy agradable, más que nada por
las injusticias sociales que te tocaba ver ya que, por ejemplo, raro
era el día que no teníamos un aviso de un indigente tirado en el
suelo cuando lo único que necesitaba es un simple sitio donde pasar
la noche caliente, pero os puedo asegurar que cruzar la ciudad a
ciento veinte kilómetros por hora era una experiencia fortalecedora,
y además, me sentía tan a gusto con mi equipo que ni me plantee
dejarlo.
Allí fue donde la conocí.
Se llamaba Sara y era muy guapa, su largo pelo rubio y sus
ojos celestes fueron durante mucho tiempo las únicas cosas en la
vida por las que creía que merecía la pena despertarse cada mañana.
Se trataba de la enfermera voluntaria del grupo, y por el simple
hecho de poder verla a diario me consideraba dichoso entre los
afortunados.
Normalmente y salvo escasas excepciones, trabajábamos casi siempre
de turno de noche, ya que las horas de luz las ocupábamos
estudiando, así yo me ganaba un mínimo sueldo con el que poder
satisfacer mis escasos vicios. En cambio ella..., ella lo hacía por
amor al arte puesto que no necesitaba el dinero, su familia estaba
mejor acomodada de lo que muchas personas pudiesen soñar nunca.
En cierta ocasión leí que por cada quince años de trabajo nocturno
se envejecía prematuramente otros cinco, pero puedo asegurar que
aquel no fue mi caso, puesto que doy fe de que, con ella a mi lado,
rejuvenecí hasta volver a encontrar la inocencia perdida años atrás.
Muy pronto me hice amigo intimo de ella, y no fue nada
extraño que lo hiciese, porque podía reconocer mis problemas, mis
complejos y mis lagunas reflejados y aumentados
desproporcionadamente en su persona, como si al encontrarme frente a
ella mi imagen se manifestase en un espejo convexo.
Sara también era considerada un bicho raro entre la sociedad y por
su familia, y el porqué era tan evidente como justificado, puesto
que se consideraba hippy y se sentía identificada con este sector de
la sociedad. Sin embargo, yo lo tuve muy claro con ella desde el
primer momento, pues el verdadero amigo es el que entra cuando salen
todos los demás y a ella nunca le hizo falta cruzar ninguna puerta
para entrar, ya que siempre estaba dentro cuando la necesitaba.
Era feliz a todas las horas del día, y libre, sobre todo libre.
Amaba la libertad..., la libertad y no el libertinaje, que eran dos
palabras muy distintas y frecuentemente confundidas, según su propia
opinión, por la juventud.
Su familia aburguesada y la clase social con la que ésta
convivía no veía con buenos ojos a la chica joven vestida con
harapos y cubierta de aros metálicos en prácticamente la totalidad
de su cuerpo, así que no cesaba de sufrir vejaciones, menosprecios y
desaires por parte de todos ellos frecuentemente, por mucho que ella
se empeñase en demostrar, con el éxito en sus estudios, que con el
tiempo llegaría a ser una gran cirujana.
A pesar de trabajar a diario con ella, nunca comentó ni una
palabra sobre estos problemas familiares. Siempre se los guardó para
ella misma, jamás pagó con nadie estas contrariedades en su vida,
claro que, si de algo podía presumir yo era de ser listo, por lo
tanto era difícil que me pasase por alto el más ínfimo detalle y,
conviviendo cotidianamente con ella,
