
JULIAN B.
CAMPOS MERINO

Vengo de una sinrazón vivida y orillada,
mendigando tus besos de escayola y espuma,
desesperadamente,
a dilatarme en el filo de tus veinte uñas enamoradas.
Vengo a ti desde la aurora y el tiempo,
desde el polvo y el manzano,
desde la lluvia y el pistilo,
acuarelado de nubes inciensas
por los suburbios de la mañana,
disidente encarnecido por morirme de vez en cuando
en los escaños desolados de mis zapatos.
Vengo a ti, avariciosamente, a pedirte la boca,
a respirarte el aliento como un pez del aire,
a pulir el estaño de tus ojos con mi sangre,
a inquietar los átomos femeninos de tu materia,
para pronunciar los verbos más agudos de la ternura.
Vengo a ti injuriado por la escarcha del sol,
a quemarme de golpe la hiel de la columna vertebral,
a fundarte un estuario de penas y sonrisas inventadas.
Tú, la devoradora de mis litiásicas tristezas,
la reina más persistente de mi humilde buhardilla.
En nuestro encuentro dos amapolas blancas
investigan la hiedra de mi fulminante nitidez.
Y me ves como soy: de palo y de existencia,
lumínico de minervas agredidas a portazos
de sombra y de piedad quebrantada.
Tu anagrama de paloma tapiza mis arterias
Y me palpita tu corazón en la garganta.
En ti me detengo con el ansia revivida en las pestañas,
con esta enfermedad incurable
de escribirte palabras,
sin dioses ni carne,
ni amuletos ulcerados en los labios.
En ti me suena el alma y la razón.
Me nombra la vida con su voz adolescente
y me consagro irremediablemente a tus pies.
En ti la luna me cuenta sus blancas penas de piedra,
y los gatos nocturnos releen sus memorias de hombre.
A ti vengo desde mis años de eterna abdicación
a desgastarte el alma con mi dolor.
